limay
Nací en Bruselas hace unos cuantos años y hace unos menos cuantos años vine a vivir a Argentina con mi familia. Soy Hijo de Laura y Fernando, hermano de Canaí, Erwin, Mailén y Desana. Papá de Aime y de Simona. Novio de Vir. Concubino de Tinta, la gata.
Mi historia con el dibujo empieza como empieza en todos, o casi todos… en la infancia. Todos los chicos dibujan, parece instintivo. Un lápiz y un papel (o una pared o una mesa o el piso o una puerta o…) y se lanzan a tirar líneas y manchas, sin importarles nada, pura expresión y movimiento irrestricto. Yo fui un infante como todos esos que dibujan pero en mi el dibujo se implantó por más tiempo, tal vez porque crecí rodeado de imágenes e incentivos culturales. Con una madre artista y diseñadora gráfica, vivimos rodeados de libros de arte, cuadros y exposiciones.
Cuando descubrí el dibujo fue lo único que hice por mucho tiempo. Este medio de expresión me facilitaba la comunicación que por el medio más tradicional (la palabra hablada) me costaba mucho. Dibujaba en todos lados, todo el día, todos los días. El dibujo fue mi característica descriptiva desde mi infancia hasta mi adolescencia. Limay “dibuja”. La práctica constante hizo que sea el “que sabe dibujar” en todos los grupos de los que formé parte, algo que en realidad, como los dibujantes sabemos, se dio porque era “el único que dibujaba” o el que más práctica tenía.
Así es como de chico asistí a la escuela de arte Alcides Biagetti, en Patagones y luego del secundario me aventuré en el novedoso IUNA (ahora UNA) para estudiar la carrera de artes visuales. La carrera quedó por la mitad cuando empecé a trabajar de diseñador web y el dibujo fue quedando en un plano lejano por casi 15 años, años en los que sublimé mi necesidad de expresión con la fotografía.
Pero el dibujo siempre estuvo, escondido, olvidado, pero andaba por ahí y un día fui papá y cuando esa personita increíble empezó a dibujar, recordé que yo también dibujaba y de a poco, con ella y por ella, me volvió a picar esa necesidad de la tinta y volví a empezar. Tardé un tiempo en llegar a la técnica que tenía antaño porque en el dibujo si no se practica se pierde la mano. Pero a fuerza de práctica lo logré (o eso creo).
Qué es el dibujo para mi.
El dibujo es práctica y observación. Es una disciplina física e intelectual. Un dibujante está constantemente dibujando. Cuando no está practicando con las herramientas, está observando su contexto o “construyendo” su próximo dibujo con el pensamiento. El dibujo, para el dibujante, es inevitable. Existe y lo acompaña todo el día en todos lados, es parte de uno.
Cuando dibujo reconozco dos sensaciones fundamentales: el martirio y el placer. Empezar el dibujo, componer el encuadre, trazar la estructura, “encajar” la idea en el papel, puede ser un proceso tedioso y agotador. Puede parecer una tarea interminable e imposible. Pero termina y cuando termina empieza automáticamente la parte placentera (“pure joy” diría Proko), la parte del detalle, donde se empieza a delinear la forma final del dibujo. El proceso del dibujo se debate entre el placer por el proceso mismo y la ansiedad por ver el trabajo terminado, ansiedad que a su vez lucha con la pregunta fundamental: “¿Está terminado el dibujo?”. Decidir cuándo se termina una obra es una problemática que carcome a los artistas, pero a fin de cuentas, es una decisión de la que no hay escape y a veces, un dibujo no se termina nunca.
Mis referentes, o tal vez, los dibujantes a los que admiro, los dibujantes que monopolizan mi mirada, son muchos, pero como para nombrar algunos puedo listar a Kim Jung Gi, Bernie Wrightson, Carlos Dearmas, Moebius, Laurie Lipton, Juan Gimenez, Carlos Alonso, Carlos Nine, Alberto Breccia, Yuko Shimizu, Romina Carrara, Alex Ross, Sergio Toppi, Karl Kopinski, Peter Van Den Ende, Egon Schiele, Lewis Larosa, Jerome Opeña entre muchos otros.

